En la valoración geriátrica integral un eje fundamental es la valoración social, ya que, si todas las personas están inmersas en una red de relaciones sociales más o menos intensa, con interdependencias constantes, esto es aún más cierto en el caso de las personas mayores. En ellos, el riesgo de fallo de esta red, por los cambios tanto físicos como psicológicos que ocurren en este grupo de edad, es muy alto y ocasiona graves problemas tanto de salud como de manejo social.
Las redes sociales se definen como el conjunto de relaciones y contactos de un individuo y es el marco estructural de acceso al soporte de ése individuo. Este conjunto de relaciones son informales (familia, amigos y conocidos) y formales (servicios sociales comunitarios y gubernamentales, ONG, etc.).

Técnicas de valoración social

La valoración del estado de estas tramas sociales es dificultoso, no sólo por las trabas que en el interrogatorio nos encontramos en cualquier persona mayor (problemas en los órganos sensoriales, alteraciones cognitivas, problemas de comprensión y diferencias de conceptos intergeneracionales) sino también porque las relaciones sociales informales suelen ser las principales (en muchas ocasiones las únicas o ni siquiera eso) que puede tener la persona anciana y éstas tienen una carga de valores muy importante.

Mediante entrevistas personales al paciente o a un informador relevante (por ejemplo, el cuidador principal), haciendo siempre hincapié en la empatía y en la relación de ayuda, se recoge información sobre la red social presente y pasada (si es posible) para averiguar pérdidas, es decir la familia (en especial la directa, pero también la secundaria si es que se mantienen contactos significativos), y los contactos sociales (amigos, grupos de actividades culturales y deportivas, etc.).

También se ha de valorar los recursos económicos de los que se dispone para hacer frente a necesidades cambiantes. Para recoger estos datos también se pueden usar tests y cuestionarios adaptados a la realidad social y cultural del ámbito en el que se realice la valoración.

Asimismo, es imprescindible conocer si hay contactos sociales formales, así como si se reciben ayudas desde las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales: ayudas económicas, soporte de cuidadores profesionales o voluntarios, comida a domicilio, centros de día o ingreso en residencias. La valoración de las redes formales es mucho más fácil, ya que suele haber registros y solicitudes a los que se puede acudir para obtener esta información.
La detección de los valores y preferencias de la persona anciana y cómo se respetan o intentan adaptar a la situación existente es un dato que cada vez se tiene más en cuenta, ya que influye directamente en la calidad de la relación de la anciano con sus cuidadores.

Valoración final

Con estos datos se ha de obtener una imagen de cómo la persona anciana recibe información y consejo (ayuda cognitiva, guía en decisiones), afecto (comprensión, refuerzo y estima), estimulación (socialización, conversación, distracción), y ayudas (manejo, cuidado y economía). Se ha de establecer la afectividad, el nivel de confianza y de vínculo que haya entre la red social y el individuo, así como la estabilidad del sistema.

Uno de los factores más importantes que se han de detectar en la valoración social es el nivel de sobrecarga de los cuidadores. Esto se define por el estado subjetivo de gran incomodidad o molestia originada por la prestación continuada de cuidados, con consecuencias de tipo físico, emocional, social y financiero.

La sobrecarga, el cansancio en la administración del cuidado de una persona dependiente, puede llevar a una negligencia o incluso al maltrato o al abuso en casos extremos. Asimismo, hay que tener en cuenta el daño que sufre el propio cuidador, que de forma secundaria también padece el anciano cuidado. Por estos motivos es imprescindible la detección y el tratamiento de los cuidadores informales mediante el soporte formal.