Las miopatías mitocondriales son un grupo de enfermedades genéticas poco frecuentes que afectan a la maquinaria encargada de producir energía dentro de nuestras células. Individualmente son raras. En conjunto, sin embargo, constituyen uno de los grupos más numerosos de errores congénitos del metabolismo, y hay buenas razones para pensar que están infradiagnosticadas, sobre todo en adultos.
A través de este artículo veremos qué ocurre en el cuerpo de una persona con miopatía mitocondrial, cómo se llega al diagnóstico y qué puede ofrecer hoy la medicina.
¿Qué es la miopatía mitocondrial y cómo afecta a las células?
La mitocondria se conoce como la “central energética” de la célula. Esto es cierto, pero se queda corto.
Las mitocondrias son estructuras diminutas presentes en casi todas nuestras células. Su tarea principal consiste en tomar lo que comemos y el oxígeno que respiramos y convertirlos en ATP, la molécula que funciona como moneda energética universal del organismo. El proceso se llama fosforilación oxidativa, u OXPHOS. Los electrones van pasando de un complejo proteico a otro, como piezas que avanzan por una línea de producción, y esa transferencia ordenada es lo que permite fabricar ATP.
Aquí viene la particularidad. Las mitocondrias son los únicos orgánulos que conservan su propio material genético, un pequeño ADN circular llamado ADN mitocondrial (ADNmt) que codifica trece proteínas, todas ellas piezas del sistema OXPHOS. El resto de las proteínas mitocondriales, alrededor de un millar, están codificadas en el ADN del núcleo celular. Es decir: la cadena de montaje se construye con planos que proceden de dos lugares distintos. Un error en cualquiera de los dos puede estropear la línea.
Y hay una segunda peculiaridad. Cada célula contiene cientos o miles de mitocondrias, cada una con varias copias de su ADN. Cuando aparece una mutación, esta suele afectar solo a una parte de esas copias, de modo que en una misma célula conviven copias sanas y copias mutadas. Este fenómeno se denomina heteroplasmia, y explica mucho de lo que resulta desconcertante en estas enfermedades: la célula tolera bien la avería hasta que la proporción de copias defectuosas supera un determinado umbral. Por debajo, no pasa nada apreciable. Por encima, aparecen los síntomas. Como ese umbral varía entre tejidos y entre personas, dos individuos con exactamente la misma mutación pueden tener vidas clínicas muy distintas.
Síntomas de la miopatía mitocondrial
Si algo caracteriza a las miopatías mitocondriales es su heterogeneidad. Pueden debutar en la infancia o pasados los cincuenta; ser leves o gravemente incapacitantes; limitarse al músculo o afectar a media docena de órganos. Aun así, hay patrones reconocibles.
Debilidad muscular e intolerancia al ejercicio
Es el núcleo del cuadro. La debilidad suele predominar en la musculatura proximal (hombros, brazos, muslos), la que usamos para levantarnos de una silla o alcanzar un estante alto. La intolerancia al ejercicio merece una mención aparte porque se malinterpreta con frecuencia: no es falta de forma física ni desmotivación, sino una desproporción real entre el esfuerzo realizado y el agotamiento que produce, a veces con días de recuperación posterior.
Afectación de los músculos oculares
La ptosis (caída del párpado) y la limitación progresiva de los movimientos oculares configuran la oftalmoplejía externa progresiva crónica, o CPEO, una de las presentaciones más frecuentes en adultos. Suele instaurarse tan despacio que el propio paciente no la percibe; a menudo es una fotografía antigua la que delata el cambio.
Manifestaciones neurológicas
Según el subtipo, pueden aparecer episodios similares a un ictus (característicos del síndrome MELAS), crisis epilépticas, ataxia, mioclonías o afectación cognitiva.
Otros órganos
Alteraciones de la conducción cardíaca o miocardiopatía, sordera neurosensorial, diabetes, afectación retiniana y, si se debilita la musculatura respiratoria, insuficiencia ventilatoria. La diabetes de origen mitocondrial, por ejemplo, puede ser la primera pista en una consulta de atención primaria, especialmente cuando se asocia a sordera y hay antecedentes por línea materna.
Esta variabilidad es justamente lo que convierte el diagnóstico en un problema.
Diagnóstico y pruebas clave
Los datos son elocuentes. En una serie de 94 adultos diagnosticados de miopatía mitocondrial en la Clínica Mayo entre 2005 y 2021, la mediana de tiempo transcurrido desde el inicio de los síntomas hasta el diagnóstico fue de 11 años, lo cual es mucho tiempo para no tener un nombre que ponerle a lo que a uno le pasa.
Las razones son comprensibles. Los síntomas se solapan con los de enfermedades mucho más comunes, y una fatiga persistente con analíticas anodinas se atribuye con facilidad a otras causas. Además, en el adulto la presentación puede ser puramente muscular, sin las pistas multisistémicas que orientan más fácilmente al diagnóstico.
El proceso diagnóstico arranca siempre con una historia clínica detallada que incluye el árbol genealógico, prestando especial atención a la línea materna, y una exploración neurológica. A partir de ahí se combinan varias herramientas:
Analítica y pruebas funcionales
Lactato basal y tras esfuerzo, creatina cinasa, electromiografía y pruebas de ejercicio. Ninguna es concluyente por sí sola.
Biomarcadores en sangre
Dos proteínas, el FGF-21 y el GDF-15, se han consolidado en los últimos años como marcadores útiles de sospecha. Una revisión sistemática de la literatura publicada en 2024 sitúa al GDF-15 entre los biomarcadores diagnósticos más sólidos disponibles, con sensibilidades y especificidades elevadas en la mayoría de las cohortes analizadas, aunque con una variabilidad notable en los puntos de corte utilizados. No sustituyen al diagnóstico genético, pero ayudan a decidir a quién estudiar en profundidad.
Biopsia muscular
Durante décadas fue el patrón de referencia. Permite observar hallazgos característicos como las fibras rojas rasgadas (fibras con acúmulos anómalos de mitocondrias) y estudiar la actividad de los complejos de la cadena respiratoria.
Estudio genético
Los paneles dirigidos, la secuenciación del exoma y la del genoma completo permiten hoy identificar la mutación causante en la mayoría de los casos, con la ventaja de ser mucho menos invasivos. En la serie de la Clínica Mayo mencionada, el 87 % de los pacientes alcanzó un diagnóstico molecular.
La biopsia no ha desaparecido, pero cada vez con más frecuencia se reserva para casos en los que la genética no resuelve el cuadro.
Llegar a un diagnóstico preciso cierra la odisea diagnóstica, evita pruebas innecesarias, permite anticipar complicaciones (vigilar el corazón, la audición, la glucemia), orienta el consejo genético familiar y abre la puerta a ensayos clínicos.
Tratamiento actual
Conviene ser honesto: no existe todavía un tratamiento curativo para la mayoría de las miopatías mitocondriales. Lo que sí existe es un manejo que mejora síntomas, previene complicaciones y sostiene la calidad de vida.
Abordaje multidisciplinar
El abordaje es necesariamente multidisciplinar. Neurología, cardiología, oftalmología, endocrinología, neumología, rehabilitación y apoyo psicológico intervienen según el perfil de cada paciente. Las revisiones periódicas programadas (especialmente el seguimiento cardiológico) son una de las intervenciones con mayor impacto real, porque permiten actuar antes de que una complicación se manifieste.
Suplementos
En cuanto a los suplementos, conviene matizar. La coenzima Q10, las vitaminas del grupo B, la riboflavina, la L-carnitina o el ácido alfa-lipoico se prescriben con frecuencia. En los pacientes con deficiencia primaria de coenzima Q10 (un grupo concreto y minoritario) la suplementación sí resulta claramente eficaz. Fuera de ese escenario, una revisión de 2025 sobre el manejo de estas enfermedades concluye que las recomendaciones se basan sobre todo en la opinión de expertos y que la evidencia firme sobre el beneficio real de estos cofactores sigue siendo insuficiente. Esto no significa que no deban usarse; significa que las expectativas conviene ajustarlas.
Ejercicio
El ejercicio, bien pautado, es una de las herramientas mejor sustentadas. El entrenamiento aeróbico de intensidad baja o moderada y progresiva mejora la capacidad funcional. La clave está en la individualización y en evitar el sobreesfuerzo, que puede precipitar un empeoramiento. Conviene también conocer y evitar fármacos y sustancias que interfieren con la cadena respiratoria.
Tratamientos en investigación
Sobre los tratamientos en investigación, merece la pena precisar algo que a veces se cuenta mal. El elamipretida, un péptido dirigido a la membrana mitocondrial interna, se evaluó en MMPOWER-3, el primer ensayo en fase 3 en miopatía mitocondrial primaria, con 218 participantes. El estudio no alcanzó sus objetivos primarios: no hubo diferencias significativas frente a placebo ni en el test de marcha de seis minutos ni en la escala de fatiga. Un análisis posterior detectó que el subgrupo de pacientes con mutaciones en el ADN nuclear sí mejoraba en la prueba de marcha, mientras que los pacientes con mutaciones en el ADNmt no se diferenciaban del placebo. Es un hallazgo interesante y ha reorientado el diseño de estudios posteriores, pero se trata de un análisis exploratorio, no de una prueba de eficacia. Contarlo como «resultados prometedores» sin más sería inexacto.
Sí hay avances más firmes en frentes concretos, como el tratamiento del déficit de timidina cinasa 2 (TK2) y las estrategias de edición génica dirigida al ADN mitocondrial, un campo que progresa con rapidez.
¿Cómo se hereda la miopatía mitocondrial?
El patrón depende de dónde esté la mutación. Si afecta al ADN mitocondrial, la herencia es materna: una mujer portadora puede transmitirla a todos sus hijos e hijas, mientras que un varón afectado no la transmite, porque las mitocondrias del embrión proceden prácticamente en su totalidad del óvulo. Si la mutación está en el ADN nuclear, se siguen los patrones mendelianos habituales, con frecuencia autosómico recesivo.
La heteroplasmia añade una capa de imprevisibilidad: la proporción de ADN mutado que hereda un hijo puede diferir bastante de la de la madre, lo que dificulta predecir la gravedad. Por eso el asesoramiento genético especializado es imprescindible para las familias que se plantean tener descendencia, y por eso existen opciones como el diagnóstico genético preimplantacional.
¿Qué hacer ante la sospecha?
Si convives con una fatiga desproporcionada al esfuerzo, debilidad de predominio proximal, caída de párpados o una combinación llamativa de síntomas en distintos órganos (sobre todo si hay antecedentes por vía materna), tiene sentido comentarlo con tu médico de familia y pedir una valoración neurológica. No para autodiagnosticarte: estas enfermedades son poco frecuentes y la mayoría de las fatigas persistentes tienen otras causas. Pero 11 años de mediana hasta el diagnóstico son, en buena parte, años de síntomas que no se pusieron sobre la mesa con la insistencia suficiente.
La investigación avanza. Los biomarcadores han mejorado, la genética ha acortado plazos que antes eran interminables y hay terapias en desarrollo que hace una década resultaban impensables.
LO QUE DEBES SABER…
- Las miopatías mitocondriales alteran la producción de energía celular y pueden afectar a múltiples órganos.
- Sus síntomas tan variados hacen que el diagnóstico pueda tardar muchos años.
- Aunque no existe una cura para la mayoría de los casos, el diagnóstico permite tratar síntomas, prevenir complicaciones y acceder a nuevas terapias en investigación.
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