Vitaminas, minerales y fitonutrientes en enfermedades cardiovasculares

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Vitaminas, minerales y fitonutrientes en enfermedades cardiovasculares

La alimentación del ser humano supone la incorporación de numerosos nutrientes necesarios para el recambio de todos nuestros tejidos y para hacer frente a las actividades físicas e intelectuales. Estos nutrientes incluyen hidratos de carbono (azúcares), grasas, proteínas, minerales y […]

La alimentación del ser humano supone la incorporación de numerosos nutrientes necesarios para el recambio de todos nuestros tejidos y para hacer frente a las actividades físicas e intelectuales. Estos nutrientes incluyen hidratos de carbono (azúcares), grasas, proteínas, minerales y vitaminas.

 

En otros capítulos se ha tratado del papel de los hidratos de carbono y de las grasas en la presentación de la enfermedad cardiovascular. Aquí revisaremos el papel de las vitaminas, de los minerales y de los fitonutrientes.

Vitaminas

Las vitaminas son sustancias orgánicas que deben obtenerse en pequeñas cantidades a partir del ambiente (alimentos, sol) porque el hombre no puede sintetizarlas o no lo puede hacer a la velocidad necesaria para mantener la salud.

 

Las vitaminas implicadas en la enfermedad cardiovascular son:

 

Por su papel como sustancias antioxidantes: la vitamina A (en su forma de beta-caroteno), la vitamina E (en su forma de alfa-tocoferol) y la vitamina C (como ácido ascórbico).

 

Por su papel en disminuir los niveles altos de homocisteína: ácido fólico (o folato).

Por su papel en modificar la cantidad de grasas de la sangre (disminuir el colesterol “malo”, subir el colesterol “bueno” y reducir los triglicéridos): niacina (como ácido nicotínico).

 

Las vitaminas antioxidantes ejercen una acción protectora al bloquear los radicales que se producen continuamente en la pared arterial y que oxidan las LDL; las LDL oxidadas aceleran la aterosclerosis en la pared vascular y la presentación de la enfermedad cardiovascular. La vitamina E es la más potente, seguida de los beta-carotenos y de la vitamina C. La vitamina E, por su naturaleza grasa, suele ubicarse en el interior de las LDL evitando su oxidación, así como en las membranas de las células, evitando su lesión. Los beta-carotenos (precursores de la vitamina A) tendrían un papel similar. La vitamina C, que no es de naturaleza grasa, además de su papel antioxidante, actuaría en la regeneración de la vitamina E. Hay que tener en cuenta también que los antioxidantes frenan la reacción de oxidación, pero a costa de destruirse ellos mismos.

 

Estos antioxidantes naturales se encuentran en su mayoría en las frutas y verduras. En estudios experimentales se demuestra el efecto antioxidante y la protección de la pared arterial. Sin embargo, la suplementación con pastillas de estas vitaminas no ha demostrado que reduzca la aparición de la enfermedad cardiovascular e incluso produce una mayor incidencia de la misma y de cáncer. Así, una dieta variada y rica en estos alimentos, nos aportará la suficiente cantidad de estas vitaminas, que sí nos protegerán de la enfermedad cardiovascular.

 

La vitamina C la encontramos en cítricos, vegetales de hoja, hortalizas y patatas. Los beta-carotenos abundan en frutas (piel), verduras y hortalizas. La vitamina E está ampliamente distribuida en los alimentos pero abunda sobre todo en los aceites vegetales y en los frutos secos.

 

La vitamina C se destruye fácilmente con el calor.

 

El ácido fólico es esencial en el metabolismo de la homocisteína. Cifras altas de homocisteína se han reconocido como un factor de riesgo para la presentación de la enfermedad cardiovascular. El incremento de homocisteína se relaciona inversamente con los niveles de ácido fólico en sangre. Sin embargo la suplementación con pastillas conteniendo ácido fólico no ha demostrado de forma concluyente que reduzca la aparición o la recurrencia de la enfermedad cardiovascular. Así, la mejor manera de tomar suplementos de ácido fólico es tomar alimentos naturales que lo contengan en abundancia, como las verduras de hoja verde (acelgas y espinacas), los cereales y los frutos secos, y el hígado. La leche y derivados lácteos, y las carnes y pescados son fuentes pobres de ácido fólico. Aunque el hígado es una fuente muy abundante de ácido fólico, su consumo puede no ser recomendable desde el punto de vista cardiovascular global.

 

Por otra parte, hay que tener en cuenta que los alimentos ricos en ácido fólico pueden ver afectada su calidad nutritiva y su riqueza vitamínica por maniobras en su elaboración y cocción. El ácido fólico es sensible a la luz; y también pueden perderse con el agua de cocción de los alimentos. Se estima que prácticamente el 50% del contenido inicial de ácido fólico en los alimentos se pierde en los procesos culinarios. La elaboración mediante hervido o fritura conduce a pérdidas del contenido inicial en ácido fólico, que pueden alcanzar el 90%. Las verduras pierden casi el 70% de su contenido en ácido fólico al hervirlas durante 8 minutos, en gran parte por disolución en el agua de cocción.

 

La niacina la encontramos en hígado, carnes, aves y pescados, cereales y legumbres, pero las dosis obtenidas de los alimentos no tienen efecto sobre las grasas de la sangre. A dosis mucho más altas de las que nos proporcionan los alimentos, superiores al gramo, producen descenso del colesterol de las LDL, de los triglicéridos, de la lipoproteína(a) y aumento del colesterol de las HDL. Disponemos de un medicamento comercializado, el ácido nicotínico, que consigue estos efectos a estas altas dosis.

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2018-06-10T11:26:47+00:0030 julio, 2016|

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