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Demencia y enfermedad de Alzheimer

///Demencia y enfermedad de Alzheimer

Demencia y enfermedad de Alzheimer

Las demencias son enfermedades neurológicas que ocasionan el deterioro progresivo de la función cognitiva e intelectual del cerebro. En el proceso de envejecimiento “fisiológico” los órganos, incluyendo el cerebro, sufren un proceso de deterioro. El grado y velocidad de envejecimiento […]

Las demencias son enfermedades neurológicas que ocasionan el deterioro progresivo de la función cognitiva e intelectual del cerebro. En el proceso de envejecimiento “fisiológico” los órganos, incluyendo el cerebro, sufren un proceso de deterioro. El grado y velocidad de envejecimiento y la magnitud del deterioro cerebral varían ampliamente de unos individuos a otros, pero en las demencias este deterioro es mayor y está muy acelerado.

 

Este deterioro cerebral afecta las funciones mentales superiores como la memoria, el pensamiento, el razonamiento, la planificación, la organización o el habla, lo que al ir progresando va a ir interfiriendo gravemente con la capacidad de realizar las actividades de la vida cotidiana.

 

La enfermedad de Alzheimer es el tipo de demencia más frecuente en nuestra sociedad, pero existen otros tipos como son las demencias vasculares por múltiples y pequeños infartos que se producen dentro del cerebro, la demencia asociada a infecciones crónicas (como la demencia asociada al virus de la inmunodeficiencia humana y la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob), la demencia con cuerpos de Lewy, la enfermedad de Pick, y las demencias de la enfermedad de Wilson y de la enfermedad de Parkinson. La enfermedad de Alzheimer, la demencia con cuerpos de Lewy y la enfermedad de Pick son demencias en las que no conocemos su origen, por lo que se denominan primarias; las demás son formas secundarias. Nos referiremos a las demencias primarias y, en concreto, a la enfermedad de Alzheimer, aunque muchos conceptos a los que nos referiremos son válidos para cualquier forma de demencia.

 

La enfermedad de Alzheimer puede afectar a cualquier persona mayor de 45 años, aunque se manifiesta más habitualmente a partir de los 65 años. Su duración y el ritmo de evolución varían, siendo el índice medio de supervivencia, desde su aparición en los pacientes bien cuidados, de 8 a 10 años.

 

No se conocen las causas de la enfermedad de Alzheimer. Se piensa que es de origen multifactorial, incluyendo factores de riesgo de tipo genético, inflamatorio, viral, ambiental, etc. Se han descrito algunos factores de la alimentación asociados al desarrollo de enfermedad de Alzheimer, como el consumo elevado de grasa total y de grasa saturada. Mientras que el consumo de pescado azul, una rica fuente de ácidos grasos poliinsaturados omega 3 protegería de desarrollar la enfermedad.

 

El cuadro clínico de la enfermedad de Alzheimer es muy variable de unos pacientes a otros pero característicamente comienza con la pérdida de la memoria reciente y de la atención, lo que se sigue de problemas de lenguaje, especialmente para encontrar ciertas palabras, de deterioro del pensamiento abstracto y del juicio y razonamiento. Otros síntomas que acompañan en las primeras fases a la alteración de la memoria son los cambios de carácter o de humor, la irritabilidad, los cambios en el estado de ánimo (como tristeza) y la hostilidad, al tiempo que disminuye la sociabilidad. Todas estas manifestaciones son la respuesta que tiene el paciente al darse cuenta de las pequeñas “lagunas” en su memoria, en su lenguaje o en su capacidad de razonar y emitir juicios.

 

Progresivamente empeoran estas manifestaciones y se añaden otras, como la incapacidad para aprender y retener nueva información, la pérdida de orientación en el tiempo, y la pérdida para reconocer lugares y personas. Esta desorientación hace que el paciente tenga tendencia a moverse sin objetivo aparente, a vagar y deambular de forma errática durante horas. Además, van a aparecer episodios de delirio, agitación, hostilidad, falta de cooperación y agresividad verbal o física.

 

El deterioro cognitivo hace que el paciente tenga dificultades para llevar a cabo actividades de la vida cotidiana, que se van haciendo cada vez más difíciles al ir progresando la enfermedad. Necesitará de ayuda para comer, vestirse, lavarse, etc., al tiempo que tiene un mayor riesgo de sufrir caídas y otros accidentes. Esta dificultad para alimentarse, incluso con ayuda, hace que los enfermos presentan riesgo de malnutrición, neumonía por aspiración y úlceras por decúbito.

 

La evolución de la enfermedad llega a estadios avanzados, donde el paciente presenta un estado de mutismo, de deterioro total para moverse, no controla sus funciones fisiológicas más simples (incontinencia de orina y de heces) y llega a una total desconexión con el entorno que le rodea. El estadio final es la muerte, generalmente debido a algún proceso intercurrente, por ejemplo, una infección.

 

No existe un tratamiento que cure la demencia, aunque actualmente existen algunos tratamientos que pueden enlentecer su evolución natural. No obstante, desde un punto de vista nutricional sí que vamos a poder ayudar en gran medida a los pacientes con enfermedad de Alzheimer y con cualquier tipo de demencia.

 

La enfermedad de Alzheimer y las demencias en general producen alteraciones negativas en el estado nutricional del paciente, que son las que vamos a poder modificar y tratar. Vamos a repasarlas brevemente.

 

    Malnutrición y pérdida de peso: En muchos de estos pacientes el aporte nutricional será insuficiente, lo que conlleva el mayor riesgo de infecciones y de úlceras en la piel. La malnutrición y la pérdida de peso suelen deberse a varias causas:

     

    • Pérdida del apetito (secundario a la depresión y a la propia demencia).
    • Distracción o descuido (olvido) del paciente.
    • Confusión de horarios.
    • Dificultad para masticar y tragar.
    • Hiperactividad (que hace que se le olvide comer al paciente).
    • Negación o rechazo a comer (por el estado depresivo o como una “chiquillada”).
    • Movimientos involuntarios de la boca (causados por la propia enfermedad o por su tratamiento), que dificultan la alimentación.
    • Falta de atención (que hace que el paciente se canse rápidamente y no llegue a completar la toma del alimento).
    • Incapacidad para comer por él mismo (capacidad disminuida para realizar movimientos coordinados y utilizar correctamente cubiertos u otros objetos usados para comer).
    • Incapacidad de reconocer objetos o incluso no verlos, lo que le impedirá identificar los alimentos o las fuentes de comida.
    • Cambios en los sentidos del olfato y del gusto, con disminución de la salivación, que alterarán la percepción de sabores y que contribuirán al rechazo a ingerir alimentos.
    • Aumento del gasto energético: Muchos enfermos de Alzheimer en etapas moderadas o avanzadas vagan y deambulan de forma errática, lo hacen a un ritmo constante durante horas (aumentando el gasto de energía), o presentan períodos de agitación durante los que incrementan su gasto energético. No hemos tampoco de olvidar que estos pacientes presentan episodios infecciosos intercurrentes (neumonías o infecciones urinarias) que les produce un hiperconsumo de las reservas corporales y deterioran aún más su estado nutricional.
    • Otros aspectos a considerar hacen referencia a que el aparato digestivo puede tener sus funciones enlentecidas, pudiendo presentar dificultad de evacuación intestinal por estreñimiento; los fecalomas, más frecuentes en estos pacientes, también dificultan la defecación.

     

    Una vez identificados los problemas nutricionales, actuaremos en consecuencia. A continuación se exponen algunas soluciones prácticas para evitar la desnutrición, la pérdida de peso y el riesgo lesiones o complicaciones en los pacientes con demencia:

Aspectos relacionados con la nutrición:

  • Realizar comidas frecuentes y poco abundantes (por ejemplo, 5 ó 6 tomas al día).
  • Utilizar la máxima variedad de alimentos.
  • Elegir los alimentos según las preferencias del paciente.
  • Cuidar la presentación de los platos. Deben ser platos que llamen la atención del paciente, con una amplia gama de colores y formas, y no repetirlos.
  • Los alimentos deben ser de texturas suaves y homogéneas.
  • Asegurar una alta ingesta de proteínas, tanto de origen animal como vegetal. Se encuentran en carnes, pescado, huevos, leche, legumbres.
  • Los hidratos de carbono son una buena fuente de energía, pero hay que evitar que se consuman en exceso los azúcares simples.
  • Las grasas mejoran el sabor de los alimentos y son vehículo de vitaminas liposolubles y ácidos grasos esenciales. Debemos aumentar el aporte de insaturadas y poliinsaturadas (aceites de oliva, girasol, soja, pescado, etc) y disminuir las saturadas (grasas animales, etc.).
  • El aporte de vitaminas y minerales se logra con la inclusión en la alimentación de hortalizas, frutas y verduras frescas.
  • Dar pescados azules, que son ricos en grasa poliinsaturada.
  • Asegurar la toma de, al menos, un litro y medio de agua y líquidos al día, aunque el paciente no tenga sensación de sed; en caso de dificultad para tragar usar espesantes.
  • Aumentar la ingesta de alimentos ricos en fibra para favorecer la actividad intestinal y evitar el estreñimiento. La fibra se encuentra en verduras, frutas, legumbres y cereales integrales. Se acompañará de un mayor aporte de líquidos (4 a 6 vasos de agua al día).
  • Evitar alimentos astringentes (arroz, chocolate, etc.).
  • En caso de estreñimiento: es útil tomar 2 ó 3 ciruelas en ayunas, una infusión de semillas de lino o un yogur con ciruelas trituradas antes de desayunar o un suplemento de fibra.
  • Evitar quesos de consistencia pastosa y/o dura.
  • Evitar carnes fibrosas de difícil masticación.
  • Evitar frutos secos enteros.
  • Evitar dulces que se adhieran al paladar.
  • Retirar las espinas de los pescados.
  • Preparar alimentos que el paciente pueda comer con las manos, sin necesidad de utensilios, como croquetas, albóndigas o calamares a la romana.
  • Evitar las bebidas alcohólicas, procurando beber agua, zumos naturales de frutas e infusiones.
  • Asegurar la ingesta de lácteos por su alto contenido en proteínas y ricos en calcio y vitamina D (importante para prevenir las fracturas óseas).
  • Seguir un horario de comidas regular: todos los días a la misma hora y en la misma habitación.
  • Comer sentado en la mesa y en un ambiente tranquilo para evitar distracciones.
  • Comer sin prisas y masticar bien los alimentos.
  • Evitar las distracciones durante la comida como el televisor, niños jugando en la misma habitación, llamadas de teléfono, etc.
  • Los alimentos deben estar siempre a una temperatura adecuada ya que en fases avanzadas de la enfermedad, el paciente no distingue entre caliente y frío y está muy expuesto a lesiones.
  • Si el enfermo tiene riesgo de lesionarse, utilizar utensilios (vasos, platos, cubiertos) de plástico que no se rompan.
  • Tratar la dificultad para tragar (disfagia) cuando ésta se presente:
  • Cortar en pequeños trozos o triturar los alimentos.
  • Utilizar espesantes con los líquidos. Se pueden emplear espesantes de venta en farmacias, gelatinas o harina de maíz.
  • Administrar los alimentos en textura puré o papilla.
  • Ablandar los alimentos sólidos añadiendo líquidos (leche, caldo, salsas) para conseguir texturas suaves.
  • Modificar la forma de comer: ingerir cantidades pequeñas de alimento de una sola vez, masticar bien y lentamente, y dar tiempo suficiente para su deglución; no añadir alimento en la boca, sin haber tragado lo anterior.
  • Evitar los alimentos secos y pegajosos y los que se dispersan por la boca, como las galletas.
  • No hablar al mismo tiempo que se está comiendo o bebiendo.
  • Se adaptará la alimentación si el paciente presenta otras patologías (diabetes mellitus, hipertensión arterial, aumento del colesterol).

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2018-06-10T11:32:05+00:00 3 noviembre, 2016|

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